Ir a Málaga

by Lorena G. Maldonado

Ir a Málaga, aunque sea un fin de semana, es como aquel poema de Luis Alberto de Cuenca: cubrirse de besos y de tartas. Y yo sé que cuando me doy la vuelta, Málaga – como una mujer tramposa- deja de ser tan lúdica, tan desprendida, tan tonta de puro celebratoria: tengo que asumir que no, que no siempre es temporada de espetos y guitarras y sábados, que la gente allí también curra y se desenamora y paga la hipoteca y se caga en la puta de cuando en cuando. Málaga es fullera para todo, pero terriblemente hermosa y hospitalaria. Me hace padecer cierta esquizofrenia climática cuando vuelvo de Madrid y me lanzo al escote, al tinto con limón y a la chancla, para, una semana más tarde, extrañarla fatalmente desde cafeterías mojadas.

Málaga me deja así, con la boca abierta como los abuelos al sol, salivando sola de tanta nostalgia. Málaga conoce mis rodillas y mis muslos mejor que cualquier ciudad del mundo, eso está claro, y alberga, no sé yo cómo, de forma cívica a todos mis ex. Y es que Málaga protege tus vidas anteriores, tu vida presente y aún tus vidas posibles. Málaga te conoce “desde que eras así” y te saca las vergüenzas, hilándolas de una en una, mientras se cachondea de tus éxitos, porque en Málaga -vaya por Dios- llevamos regular el triunfo del vecino. Málaga tiene a Paquito, un alcalde senil que gobierna desde que su colega Franco era Franco, pero hasta eso me hace gracia. Un toquecito así, del régimen.

Málaga tiene a mis padres y a mis hermanos esperándome en la estación como si volviese de Vietnam, a mis amigas brindando en terrazas, a la gente que siempre he detestado dispuesta a aparecer por sorpresa tras una esquina y obligarme a saludar. Málaga tiene otro humor, otro idioma, otra forma -más selecta, más sencilla- de entender el mundo. Y tiene señoras con sombrilla y neverita de playa, ancianos jugando al dominó en las tascas, besos con lengua en las discotecas, modernos, canis conversos, motos en doble fila, capillitas en Semana Santa.

Yo por Málaga siento eso que decía David Trueba de “si encuentras el amor de tu vida con veinte años, lo mejor es huir”. Y eso he hecho, escapar como he podido, con una maleta ligera y los dedos cruzados, para no idealizarla más dolorosamente aún desde lejos. Escapar, porque la vida es ancha y Málaga es para anidar, para sentarse a envejecer oliendo jazmines, para ver pasar gente desde una mesita en la Merced fumando y bebiendo hasta ennegrecer el alma. Yo me he ido como el hijo pródigo, sabiendo que volveré tras el despilfarro vital, tras el exceso de todo, con el aprendizaje de nada. Y todavía -no se puede tener tanta suerte- seguirán cubriéndome de besos y de tartas.

Lorena G. Maldonado

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