EL DERECHO AL DESORDEN

«Habría que añadir dos derechos a la lista de derechos fundamentales del hombre: el derecho al desorden y el derecho a marcharse», escribió Baudelaire.

Ir a Málaga

Ir a Málaga, aunque sea un fin de semana, es como aquel poema de Luis Alberto de Cuenca: cubrirse de besos y de tartas. Y yo sé que cuando me doy la vuelta, Málaga – como una mujer tramposa- deja de ser tan lúdica, tan desprendida, tan tonta de puro celebratoria: tengo que asumir que no, que no siempre es temporada de espetos y guitarras y sábados, que la gente allí también curra y se desenamora y paga la hipoteca y se caga en la puta de cuando en cuando. Málaga es fullera para todo, pero terriblemente hermosa y hospitalaria. Me hace padecer cierta esquizofrenia climática cuando vuelvo de Madrid y me lanzo al escote, al tinto con limón y a la chancla, para, una semana más tarde, extrañarla fatalmente desde cafeterías mojadas.

Málaga me deja así, con la boca abierta como los abuelos al sol, salivando sola de tanta nostalgia. Málaga conoce mis rodillas y mis muslos mejor que cualquier ciudad del mundo, eso está claro, y alberga, no sé yo cómo, de forma cívica a todos mis ex. Y es que Málaga protege tus vidas anteriores, tu vida presente y aún tus vidas posibles. Málaga te conoce “desde que eras así” y te saca las vergüenzas, hilándolas de una en una, mientras se cachondea de tus éxitos, porque en Málaga -vaya por Dios- llevamos regular el triunfo del vecino. Málaga tiene a Paquito, un alcalde senil que gobierna desde que su colega Franco era Franco, pero hasta eso me hace gracia. Un toquecito así, del régimen.

Málaga tiene a mis padres y a mis hermanos esperándome en la estación como si volviese de Vietnam, a mis amigas brindando en terrazas, a la gente que siempre he detestado dispuesta a aparecer por sorpresa tras una esquina y obligarme a saludar. Málaga tiene otro humor, otro idioma, otra forma -más selecta, más sencilla- de entender el mundo. Y tiene señoras con sombrilla y neverita de playa, ancianos jugando al dominó en las tascas, besos con lengua en las discotecas, modernos, canis conversos, motos en doble fila, capillitas en Semana Santa.

Yo por Málaga siento eso que decía David Trueba de “si encuentras el amor de tu vida con veinte años, lo mejor es huir”. Y eso he hecho, escapar como he podido, con una maleta ligera y los dedos cruzados, para no idealizarla más dolorosamente aún desde lejos. Escapar, porque la vida es ancha y Málaga es para anidar, para sentarse a envejecer oliendo jazmines, para ver pasar gente desde una mesita en la Merced fumando y bebiendo hasta ennegrecer el alma. Yo me he ido como el hijo pródigo, sabiendo que volveré tras el despilfarro vital, tras el exceso de todo, con el aprendizaje de nada. Y todavía -no se puede tener tanta suerte- seguirán cubriéndome de besos y de tartas.

Lorena G. Maldonado

Sigo siendo de izquierdas (o Todo sobre mi padre)

Mi padre me dice, a veces, en nuestras disputas de sobremesa cuando bajo a Málaga, que piensa grabar mis diatribas de roja y reproducírmelas dentro de unos años, cuando ya la vida me haya aburguesado. Yo le digo que no, que nunca, que tampoco, que eso no pasará, que no pasarán, que las políticas sociales, que el arte, que abajo la banca, que arriba la libertad sexual, y, en general, le digo todo tipo de memeces manidas ya con el único fin de tocarle las pelotas.

Al final acabamos detestándonos íntimamente dentro del terrible amor y yo me hago un café, me voy a mi cuarto, me descalzo y despliego El cultural sobre el edredón. Entonces él, que vuelve al curro, merodea un rato por mi puerta y se despide: “Aquí, el fascista, se va a trabajar. Tú descansa en nombre de la República”. Y como no digo nada, o como me río sin mirarle y paso una página, vuelve a la carga: “Es que no sólo eres comunista, además eres repelente”.

Después se marcha y yo le quiero más que nunca. Crezco y me sorprendo pareciéndome a él en cosas estúpidas, mientras, en paralelo, le desdeño más y más, y es ésta la única forma legítima que conozco de reprobarme a mí misma.

Suele pasar que, a media tarde, en el blanco que separa un párrafo de otro, me acuerdo de él. Y le imagino en su rincón de la cafetería -negocio familiar-, con esas gafitas contra la vista cansada que tanto rehúsa ponerse, afanado, haciendo las cuentas. Se me antoja que se hace mayor, cuan largo y cuan ancho es, el hombre que todo lo sabe y todo lo puede. Reconozco que yo, que soy insoportable e hipocondríaca, y que vivo siempre arrastrando mis dramitas del primer mundo, sólo me siento del todo sana, del todo hermosa y del todo autárquica cuando él está presente.

Mi padre es gordo, medio totalitario y viste de marca, le gusta cazar y comer el marisco que le permite la gota. Se llama a sí mismo “el viejo”. Es irónico, y cabrón; guarda restos de una antigua belleza de ave rapaz y puede echar la tarde riéndose de ti sin que te des cuenta. Mi padre se expresa saltando de refrán en refrán, socarrón y abrasivo repertorio andaluz. Es del Atleti, me hace serlo, y hace poco inauguramos el ritual de la copita de Rioja juntos antes del mediodía. Mi padre es ese tío al que cuando le preguntas como está siempre te responde “bien, luchando”, y toda la vida ha puesto en el coche a Nino Bravo, Bertín Osborne o Perales. Nunca me inculcó las cosas en las que ahora creo y los dientes de leche no me salieron entre derechos, sino entre deberes.

Yo a mi padre lo admiro hasta el tuétano, a pesar de este contornito ibérico-absolutista que se trae. Y tengo una suerte ideológica que él no: nunca fue, ya nunca podrá ser tan libre como yo, que me salvé de ser vástago de cualquier guerra. No he sido educada en el odio, nadie fusiló a mi abuelo. Y tengo una formación, una prepotencia moderna y una capacidad de disfrute que él no, que nació sin un puto duro y se ha ganado todos los que tiene curtiéndose el lomo y la salud mental.

Vivo en Madrid desde hace seis años, y soy independiente sólo porque él lo pagó con su dependencia al trabajo y a la cultura del sacrificio. He estudiado, eso me hace independiente y es extraño, porque él costeó los libros que ahora sostienen las construcciones mentales con las que le enfrento. Soy independiente y es inconexo, porque mi revolución, que es firme pero no urgente, se la debo al tipo que me jode las sobremesas. Soy independiente pero no soy hipócrita, y asumo mi condición de niña bien pero también mi derecho al pataleo por los que no han tenido tanta estrella.

Lo que quiero decir es que gran parte del nuevo progresismo es consecuencia del viejo conservadurismo y más vale que no nos avergoncemos. Hay veces que estoy en un bar y se acerca un chavea, uno de éstos de barbita poblada y cerebro yermo, un presunto contemporáneo. Y su discurso es tan previsible, tan manoseado y tan poroso, tan falto de idiosincrasia y de garra, que me viene a la cabeza mi padre con su mirada de águila autóctona diciendo “Éste no, Lorena, que es un payaso”. Espero unos minutos más y digiero una lista de grupos impronunciables y festivales sórdidos -tal vez inexistentes- mientras se me encoge el corazón extrañando a Nino Bravo. Y echo un segundo de menos la falta de sensacionalismo, la incorrecta transparencia del hombre que me dio la gé y el punto, antes de rebatir:” Joder, papá, es que no sólo eres pepero, además eres repelente”.

Pero le hago caso: doy un trago largo a la copa y me voy a otra parte a seguir luchando, que, como dijo Gil de Biedma, sigo siendo de izquierdas. Y a veces, incluso en las noches, ejerzo, ejerzo, ejerzo.

Lorena G. Maldonado

Alcanzadme aquí

Hoy es jueves. El asfalto arde. Vivo en un lugar donde todo el mundo extraña secretamente el mar.

Salgo del trabajo a la hora de comer y, en vez de dirigirme hacia la pseudopaz de sofá y comida recalentada que me espera en casa, corro hacia una librería del centro, con la vida sustenta en mis tiernas rodillas blancas. El ritual es sencillo: subo las escaleras de caracol, escojo unos cuantos tomos y me siento en el suelo, bajo el cartel de la sección “Poesía contemporánea”. Selecciono uno al azar, y el resto los apilo a mi alrededor, creando una suerte de muro definitivo, de fortaleza infranqueable. Con la dosis apropiada de esquizofrenia, me río en silencio: “alcanzadme aquí, si podéis”. El mensaje no tiene destinatarios concretos. Se arroja, sólo por si acaso, a esa masa inconclusa que es el enemigo. Y parece que uno respira mejor, más pulmonar, más hondamente.

Al rato me da por levantar la cabeza para escudriñar la planta de abajo. Y veo a muchos más como yo: indecisos literarios pero firmes en la vida. Siento un afecto extraño por aquel ejército silencioso de hombres y mujeres que desafían al sistema, cambiando la hora que se les ha dado para el almuerzo por la osadía de preferir libros nuevos. Lucen translúcidos, porque, como comprenderán, el tiempo y el dinero no se les van en cabinas bronceadoras. Yo les leo las ojeras y el garbo y contemplo el modo que tienen sus dedos de pasear por las hojas, de resbalar por las hojas, de perderse por las hojas; como se pasea, se resbala y se pierde uno solamente por el cuerpo que se deseó demasiado.

Temblando, casi, por el descubrimiento de nuestra fraternidad insólita, me acerco al dependiente y le digo:

-Perdona, ¿puedes ayudarme? Estoy buscando a Onetti.

El señor me parece sospechosamente amable. Tal vez sea porque también es uno de nosotros- me da por pensar.“Acompáñame”, me pide, y, al seguirlo por las galerías, puedo ver a más y más hombres en famélica y muda asamblea, a más y más mujeres de rodillas blandas sentadas en el suelo plisando las faldas, todos refugiándose en sus murallas íntimas de pasta, hoja y tinta; y a todos les distingo yo en los ojos la frecuencia roja que denota el camino de la utopía. Aprieto las sienes y pienso “¡Salud, compañeros!”, y veo entonces cómo algunos de ellos se giran en mi dirección y articulan media sonrisa.

Ya sé, ya sé que vivo en un mundo en el que, para que algo exista, debe tener nombre. Identificarlo todo, identificarnos todos, es fundamental para el control: se localiza a la minoría que discrepa, se la nombra, se la cosifica. Y después, se extirpa. Hoy se considera un tumor, el pensar.  Pero nosotros estamos demasiado limpios de verbo para como para ensuciarnos de programa político. Ignoramos el símbolo, la entidad, la bandera: sólo el vino, el cigarro, o el necesario pezón en la boca nos libran del aplastante credo del pensamiento occidental.

La barbarie de la vida, fíjense en el fenómeno, tiene únicamente carácter diurno: al caer la noche, llegamos a casa y existe siempre un libro que nos hace trinchera desde la mesilla. El político, el dirigente, teme al imaginario del lector en cuanto supone la anarquía pura: la forma, el tiempo y el espacio danzan libres por prados verdes con los que el asfalto no sueña.  En la literatura nada se impone, en la literatura no caben doctrinas. Y a los perros del Estado les irrita llegar a todas las esferas del individuo, menos a ésta. A ésta no. Ésta es parte de la conciencia.

Por eso suscribo yo la revolución que subyace entre los que no somos hijos ni siervos de nadie. Aquí está la raza tímida, quitándose los restos del cascarón del monstruoso sistema maternalista impuesto. No me malinterpreten: no se trata de una conspiración, más bien de la irreverente analogía entre los que rechazamos quedarnos en la seguridad del feto. Decidimos salir. Decidimos vivir. Decidimos exponernos. Y, con todo, decidimos decidir.

Los que nos cruzamos en la librería, como no somos de arcas rebosantes, acabamos acercándonos al mostrador con un sólo ejemplar entre las manos: ésa es nuestra apuesta del día, terriblemente digna y meditada. Ésa es. Y salimos por la puerta más nutridos, más plenos y felices, porque conocemos que la única libertad que muere es la que no se usa.

Me llevo “El astillero”. Pago, cojo el ticket y la vuelta, le doy las gracias a la chica de la caja y atravieso el umbral del establecimiento con serias intenciones de reinsertarme en la santa rutina. La calle está cortada. Hoy, dicen, coronan al nuevo Rey. Yo vuelvo al trabajo, caminando despacio.

Once pasos hasta el ventrículo

Ella jamás daba a nadie la verdadera dirección de su casa. Decía que era excitante saber que las cartas que le hubieran enviado no llegarían jamás a su destino, y que era un consuelo también porque nunca sufriría las que no llegaron a escribirle. Yo imaginaba entonces millones de sobres muertos en buzones destartalados de Lavapiés, correos y correos amontonándose en Recoletos, Gaztambide o Puerta de Hierro y porteros desesperados repitiendo recurrentemente a los confusos emisarios: “Por el amor de Dios, le aseguro que esa mujer no vive aquí.” 
Deberían haberla visto, contándomelo divertida con esa risa de cascabel y esos labios rojos que la hacían pálida y letal, gesticulando sin parar con la única mano libre que le permitía el sempiterno vaso de whisky adherido a sus zurdos deditos de niña. “¿Ves? Johnnie Walker es mi garfio”. Y volvía a reírse.



II 

A él las ciudades le expulsaban como si fuese un órgano mal trasplantado. Cualquier lugar se le estrechaba hasta lo agónico; cualquier mujer le era predecible hasta el desasosiego; cualquier sistema se le antojaba corrupto y opuesto.
Ojalá lo hubieran visto como yo, vestido a medias de jerséis excéntricos y a medias del consabido mantra “Ni Dios, ni patria, ni amo”. Alimentándose sólo de cine, renegando de la época.
Hubiese querido vivir en moteles y fumar en pipa, pero como la realidad es siempre más mezquina, había tenido que conformarse con arrastrar sus utopías por los bares de San Vicente Ferrer, dejándose caer en las barras -raquítico, apolíneo y desgarbado- y sabiéndose a cada sorbo terriblemente más viejo. Oscilaba entre el humor y el pavor al mundo mismo y se definía como “ácrata” o “libertario”.
Tuvieron que pasar muchos más años para que su ya anciana madre le dijese que había sido devorado por sus propios credenciales. Que él no quería una mujer que le diese verdades absolutas, que le aterraba someterse a algo superior.

“Flaco favor te ha hecho la filosofía -la señora alzó la vista de su labor de costura y lo envió para siempre al desguace-tú no eres nihilista, hijo mío. Sólo eres un cobarde.” 



III

La primera vez que se besaron todos pensamos que nunca habían salido tan baratos unos fuegos artificiales. “Cómo pudo ser tan fácil ese día y tan complicado después”, me decía él arrastrando cada sílaba. “Su modus operandi consiste, básicamente, en aparecer cuando le da la gana y quebrarme los principios. Es una suerte de tabla de salvación demasiado… poco sólida, ¿sabes? Tal vez me esté quedando solo en mitad del océano.” La mayoría del tiempo se mostraba mucho más hermético. No le gustaba hablar de ella y yo lo sabía. Se quedaba mirando un punto fijo y arrugaba el ceño, antes de ofrecerme fumar un cigarro fuera para evitar hacer apología de sus propias debilidades.

Pero yo lo vi. Todos lo vimos. Cada vidrio del bar a punto de estallar por tanta tensión sexual y dialéctica. Generaban rechazo, empujaban hacia atrás al resto en un delirio simbiótico que desplazaba, locas y autómatas, sillas y mesas. El universo atónito solapándose en sus propias paredes, apartándose, herido, de aquél cóctel de proceso creativo.

Mientras él, ajeno, se enredaba en su labio.

Y entonces sí que había Dios.
Y patria.
Y amo.



IV

Después fue cómico y doloroso presenciar sus desencuentros. Muchas noches lo veía a él, enfermo de celos, marchándose del bar antes de tiempo. Y a ella, con la yema en el lagrimal, secando la acuosa frustración antes de que se atreviese a rodar mejilla abajo. “No irás a llorar, ¿no? Que estás muy guapa”, le decía yo. Entonces sacaba su soberbia de gata persa, el amor propio le recorría, venenoso, la columna vértebra a vértebra:

Yo no lloro -aseguraba- pero me parecen hermosas las mujeres que lo hacen. Con sus ojos irritados y las comisuras saladas. Una mujer que llora es oxígeno. Una mujer con las pestañas húmedas se come a todas esas muñequitas de porcelana, ¿las ves? Rímel, tacón. A punto de salir a cazar, recargadas como pinturas renacentistas. La belleza no puede ser barroca. La belleza nunca es pretendida. (…) ¿Te cuento un secreto? Cuando me levanto por las mañanas y me miro al espejo, nunca me veo guapa. Pero hay un sitio… hay un sitio donde sí me pasa. Y es, sin excepción, en los cristales de la estación de tren. Es curioso, ¿no? Sólo me veo guapa huyendo.

Cómo podía yo hacerle entender a un hombre furioso que, cuando salía por la puerta, a ella se le mutilaba la concepción de un género. Que no había amenaza ni competencia posible. Que llegaría a casa, se descalzaría, orgullosa y triste, y dormiría sola.

Que quién coño hubiese sabido odiarse como ellos se querían.



V

Otras veces pasaban horas enteras riéndose de lo mismo, riéndose con todo el cuerpo, la esposa de nadie y el eterno extranjero. Yo veía cómo se elegían, se elegían continuamente, cómo se cogían de la mano -borrachos, cachondos- y se sacaban el uno al otro del mercado.

“No es que tenga que ser ella -confesó él una noche que acabó a las diez de la mañana- es que no puede ser otra.” 

La vida era primaria y perfecta entonces.
Mucho más que ahora.



VI

Aislarse.
Dolerse.
Despreciarse.
Alejarse.

Otros días eso era todo.



VII

“Estás llamando al seis cero seis cuatro siete ocho cinco tres seis; entenderás, yo ya no puedo atenderte…”

Puta– decía él para sus adentros. Después se tumbaba en la cama y anochecía muy despacio.



VIII

Tras sus secretas penitencias, llegaba a estar semanas enteras sin aparecer por el bar. Tenía el insolente don de desvanecerse sin dejar rastro. Ella, por su parte, no paraba de beber. Ni de esperar.

Cuando él se decidió a ir, alguien le dijo que la habían visto salir de allí con otro tipo.



IX

Dejar de llamar también es una respuesta.



X

“A veces no entiendo cómo está dejando escapar la vida conmigo. Cada día que pasa es otro día que nos hace perder. Y me pregunto si acaso no piensa en todo lo que no estamos haciendo. Luego desecho esa idea inmediatamente. Porque, yo qué sé… en realidad no lo está aplazando, sino que… bueno, él nunca ha creído en esto. Pero, ¿sabes lo peor? Que yo aún tengo ganas. Que yo sí que creo.” 



XI

Yo escribo esto por si sirve de algo. Por si vuelven a encontrarse en mitad de una huida y se miran dos veces. Ahora entiendo por qué ella prefería no llegar a conocer nunca sus remitentes. Porque hay gente que nunca llega a escribirte. Y sobre todo porque uno… nunca llega a entenderles.

Pero aun así, por si sirve de algo. Por si me lees, chaval: era Ella.

Pensé que alguien tenía que aclarártelo.

De los hombres de las alas

Yo no tengo alas. Soy un hombre adherido al asfalto.
Porque, en cierto modo, me siento asociado a mis propias legañas,
al café de la mañana que me quema la lengua,
al terror con el que se aferra al lavabo ese esqueleto
que blasfema desde mi espejo, al dentífrico,
a las encías blancas, a los surcos de debajo de mis ojos,
a la camisa que detesto
y la corbata que detesto
y la vida que detesto
y los zapatos que me aprietan. Yo soy eso, y generoso con mi contexto y mobiliario
me vinculo también al turno de ocho a dos y media,
¡yo soy ese turno!,
y los veinte minutos que me concede un sándwich de mierda
el papel de aluminio – la desidia – la mayonesa
hasta la coca cola zero que escupe la máquina expendedoratodos
los
putos
díasa las dos y cuarenta.Y cuando regreso
doblegado
desterrado
a la silla de oficina y me tropiezo
con sus ruedas
pienso que mi paraplejia va mucho más allá
de no poder mover las piernas;
estoy impedido para siempre
chocando conmigo mismo,
lo recuerdo
lo asumo
y me dejo caer, abatido,
en la tela mullida y le dedico
una mirada lasciva a Elvira,
que me esquiva desde la mesa de enfrente

ofreciéndome el rechazo
de las dos y cuarenta y cuatro.

Me destroza
tan puntualmente…

Yo no tengo alas, ya lo ven.
Pero a veces, mientras se desnuda una mujer en mi cama
salgo de mi cuerpo y sé
que mis encías son rojas y no blancas
y están vivas, igual que vive la sangre de mi sexo
-cuando aún no me deja penetrarla
intuyo mis pupilas de animal hambriento
e iracundo
carnívoro
demente
colérico
devoto
la atravieso-

¿Tendré cosas que decirle mañana,
todavía?

Yo no tengo alas, pero la veo retorcerse
y me duelen las escápulas.

Levito y sus gemidos
me abren en canal la garganta
(en mis grietas está Elvira,
como una virgen neutra
sorda
glacial
frígida a cualquier plegaria.)

Eyaculo.
La miro.
No la amo pero
toco mis omóplatos buscando
los vestigios
de mis alas.

Sucede a veces que me quedo un rato dentro
para sentir el latido del coño
-la fusta más implacable que conozco-
o la beso en los labios
y la acuno
hasta que se queda dormida.

Otras veces
me levanto, la abandono,
me fumo un cigarro caminando desvestido por la casa,
abro la nevera como un autómata
para volver a cerrarla
o me arrepiento de todo
y me digo Joder, Carlos, dónde te has metido.

Alguna otra vez sólo quiero volver a follármela hasta que me diga “basta”.

(…)

Cuando se marcha a primera hora
sea quien sea
y escucho sus pasos largos por el descansillo,
vuelven las legañas, y el café, y el terror
y la blasfemia, y el dentífrico;
un tullido de encías claras me sonríe desde el espejo
y yo me siento en el retrete y defeco
en esta raza muerta y sin alma
de los hombres que sólo tenemos alas
un segundo antes de corrernos.

Hemingway en mi bañera y otros flashes que contar al psicoanalista

Contemplaba a J encogido en la bañera, casi en posición fetal: los ojos cerrados, el agua caliente llegando a lugares imposibles, el tiempo sordo latiéndole en los tímpanos; y yo me moría de ternura, porque en sus espaldas protectoras, en su culo pluscuamperfecto, en los músculos de sus brazos, no había un hombre fuerte. Me devolvía la mirada un niño que involucionaba a cadáver, y tenía miedo, y tenía rabia, y tenía talento, y yo le sonreía arrugando la nariz y nunca le decía que sólo veía su esqueleto.

Era la suya una de esas desnudeces conmovedoras, tan vulnerable en ese submundo acuático y tan cruel en cuanto ponía un pie en el suelo, una rara especie de anfibio emocional; un ser apático y enérgico, visceral y vegetal, que por su naturaleza confusa estaba abocado a no sentirse completo en ninguna parte.

Se creía Hemingway, tan sórdido, tan minimalista, tan sombrío. “Tú destrozas el concepto sexo débil”, me soltaba, y se quedaba tan ancho. Era un ególatra de mierda, como yo, como cualquiera que escriba, porque toda modalidad de arte –o su intento- no es más que un feroz ejercicio de onanismo, una certeza casi cándida de que al mundo le interesa terriblemente lo que tenemos que decir. Aunque, por supuesto, no sea así.

La luz del baño era letal, artificial y blanca, como de quirófano, una luz para contarnos de cerca los defectos. Yo enjabonaba su cuerpo raquítico en un inútil afán purificador, lo lavaba despacio, sosteniéndole el brazo entero por la muñeca, invadiendo las axilas huecas, y él se quedaba inerte, como si estuviese inválido. A veces creo que envejecí unos años en aquel invernadero, alargando cada vez más ese ritual enfermo, como si sólo allí pudiésemos escapar de las mandíbulas de la realidad depredadora.

Se sumergía demasiado rato.
Luego recordaba que yo estaba allí.

Y me clavaba cristales con los ojos.

Colocaba la mano de yemas ya arrugadas en mi cuello, imprimiéndome ese pulgar enorme en la mejilla, y no tardaba en dejarse resbalar por los labios, el hombro, los pechos, el vientre, los muslos, los talones; y regresar –inmediato y frenético, como si hubiera olvidado algo muy importante- a unas ingles tensas que presionar muy despacio:

-Tocado y hundido –decía.
-Nos encontraremos en el fondo.

(…)

Fotografía*: Madrid, 1987 – David Trueba

Retrato de una mujer rara

Fumaba. En silencio. La oía respirar lenta y dolorosamente, casi jadeante: a ella le costaba mucho trabajo vivir. Me encantaba escucharla quejarse de vicio. Las mañanas de resaca se recogía el pelo con un lápiz y le daba un bocado al bizcocho, mientras me recitaba pasajes escandalosos de algún libro reciente. Después se iba a la ducha y tarareaba ‘There is a light that never goes out’, de The Smiths. Sin excepción.

Cómo fui desgranando sus ritos.

Me ponía películas de Bergman y en cada una de ellas me decía “ya verás, es ésta, ésta es la que te va a cambiar la vida”. Se confesaba literariamente homosexual, porque no se le ocurría nada más excitante que escribir sobre la mujer. Lamentaba a menudo no ser hombre para poder hacerlo a sus anchas, exprimiendo todas las perversiones lingüísticas posibles.
Algunos domingos volvía del rastro y me traía unos regalos rarísimos (petacas de cuero, pulseras étnicas, ¡exprimidores!) y se mostraba, de algún modo, orgullosa de sus adquisiciones, como si fueran lo que yo más necesitase en el mundo. Otras veces no me cogía el teléfono durante días y no daba ninguna explicación.

Yo vivía
(vivo)
adicto a su desconcierto.

A su personalidad múltiple.

Con la nariz pegada a la suave estela de sus ínfulas. Soñando a todas horas con aquellas santas tetas, con su modo mitad infantil mitad pretencioso de vivir. Y su forma elegante de hacerme esperar. Siempre condenándome a muerte, siempre perdonándome la vida con sus pupilas como estacas. Con esos ataques de risa que le entraban en medio de la cena y que hacían que todo el restaurante nos mirara. Con su “venga, vamos a besarnos como si nos quisiéramos”.
Perdía las llaves cada dos por tres. Los papeles, la cabeza. Decía que dormía tanto porque el mundo la aburría. Y yo sonreía con indulgencia.

Hay mujeres que te llaman para tomar un café. Y luego hay otras -como ella- que te conceden el honor de avisarte para que las recojas a las cinco de la mañana de algún bar de carretera. Te dejan que las salves, por qué no, durante un ratito. Y uno se acaba volviendo adepto a esos naufragios. Uno aprende a necesitar así, sin garantías.

Quién va a recordarla como yo, maquillándose desnuda encaramada en los tacones. Sonriéndose, tentándose. Cubriendo con la brocha cada cicatriz, hasta quedar impecable. Hasta quedar implacable. Entonces era la mujer más fuerte del mundo. Yo vi hombres alimentarse durante años del sonido de sus pisadas seguras. De sus reacciones hiperbólicas. De sus pecas azarosamente traviesas. Todos locos por su bravura. Yo los vi morir a sus pies por inanición.

No podía reconocerla después, cuando iba a verla a cualquiera de sus garitos preferidos -los antros más sórdidos de todo Madrid- y, al verme llegar, corría y me abrazaba. Saltaba a mi cuello como si llevara meses sin verme, me clavaba los dedos en la espalda. “Ven, te he guardado un sitio”. Y hablábamos de Dios, y de las elipses del tiempo, y de Goytisolo, borrachos como cubas. Me contaba historias de cuando era niña; cogiéndome las manos, incrustándome los ojos acuosos. Me despeinaba, me aturdía, me arrastraba en su vendaval hasta que cerraban. Y yo la llevaba a casa y dormía, celoso, enganchado a su lóbulo toda la noche.

(Me gustaba creer que uno es de con quien duerme, y me convencía de que por eso era mía.)

Yo ya había vaticinado mi derrota mucho antes del fin. Yo ya sabía maldecirla sin dejar de desearla, partiendo de mi propia insuficiencia, de mi papel de actor secundario. Yo era la excusa para que ella sucediera, y nunca supe hasta qué punto sentirme culpable de ese humor lóbrego que arrastraba. De ese amor suyo por la tragedia. De que hablase con esa autoridad -que decía Fitzgerald- que sólo otorga el fracaso.
Hay algo insultante en las personas melancólicas. De alguna forma, nos convocan periódicamente -a los que estamos a su alrededor- a cierto ejercicio de minusvalía. A cierta incapacidad de enfrentarnos a su tristeza congénita y ganarle la batalla.

La última vez que la vi llevaba un enorme jersey azul y me hería más que nunca su belleza impávida. Habíamos pasado la tarde en la exposición de Dalí que había en el Reina Sofía, “todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas”, y ella no había dicho ni una sola palabra. Se había enjuagado los labios -tersos, calientes- ante La persistencia de la memoria, lívida observadora. Me había golpeado su silencio irreverente.
Al salir, la seguí a una cafetería donde no levantó la vista de su capuchino en todo el rato. Pagó ambas consumiciones. Se lió delicadamente un cigarro. Se lo puso en la boca, desplazó el aire con las pestañas al mirarme y se despidió, con aterradora síntesis:

-Necesito follarme a un hombre al que admire.

Entonces lo perdí todo.

 

Furiosamente modernos

De tanta cría de gato posando con ojos grandes para filtros de instagram, de tanto vestido de segunda mano, de tanto fusilar sólo media cabellera, de tanta pierna hambrienta y tanto pitillo talla infantil, de tanto longboard, de tanta coca, de tanta ojera, de tanto sushi, de tanto verano ayudando en Kenia, de tanta música independiente y tanta mentalidad servil, de tanto gintonic, de tanto agnosticismo, de tanta californiana, de tanto tatuaje de infinitos y estrellas.
De tanta santa gafa sin miopía, de tanto presunto poeta, de tanta niña con tanto blog de moda, de tanto violar los ejes de la vieja belleza, de tanta subcultura, de tanto subnormal con tanto rollo beat, hippie, punk, post-punk, grunge, de tanta infeliz etnia, de tanta ansia vintage tan huérfana de mitos, de tanto Kerouac y tanto anglicismo de mierda, de tanto Dj, de tanta Lana del Rey, de tantas ganas de comprender a Godard, de tanta transgresión hueca.

De ese hombre masa del que hablaba Ortega
que trafica con el mayo del 68
y no se chupa la polla porque no llega
de ese hipócrita, (qué si no) yo siento vergüenza.

(la vergüenza mejor,
la que se torna propia
de tan ajena)

Deléitense, pasen y vean: todas las canciones de amor son de drogas; todas las fotos son crítica al capitalismo; todos los textos son kafkianos; todos los seres, insoportablemente leves; todas las bebidas energéticas contienen esperma; todos los perros son andaluces

y
(léase despacio, con desprecio)
nadie
cree
en
su
puta
protesta.

Ser el cuadro

Yo no creo en el arte como erudición, en el arte como catálogo. “Vos sos como un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros. Quiero decir que los cuadros están ahí y vos en el museo, cerca y lejos al mismo tiempo. Sin embargo, yo soy un cuadro. Vos creés que estás en la pieza, pero no estás. Sólo estás mirando la pieza”, escribió Cortázar. Del mismo modo, no bastaba anoche, en el concierto de Extremoduro, con haber memorizado unas cuantas letras y llegar al auditorio con la dosis reglamentaria en vena. No es así como funciona. Se trataba, más bien, de practicar el verso, de experimentar la úlcera, de reconocer que la vida está siendo una absoluta pérdida de modales, un navegar salvaje por los ríos de la indignación pública. Y reírse después, más amargamente o menos, y encenderse otro.

La incorrección no es una estética, pero eso se entiende más tarde. En el pedregal descubrimos que el deseo, en pureza, es violencia llana; que existe una denominación ancestral e ibérica para que el coño reciba su nombre y a nadie espante; que puedo acordarme de ti y cagarme en tus muertos y ser legítimo el amor.

Robe canta a la belleza insolente, a la verdad bruta, a ésos que somos cuando, sin artificio, nos desnudamos frente a otro: ya está, esto era, qué bueno el sexo sin metáforas, recobrando, un poco, la humanidad extraviada. Canta a esa destrucción que es génesis y tiene algo de flor, de canalla, de pulmón negro, de tablao, de perro flaco, de buitre, de perversión privada. Y lo avalan Miguel Hernández y Machado y Neruda. A mí me gusta ese crápula que funciona a base de urgencias y está siempre recuperándose de algo.

El misticismo recóndito de “hoy te la meto hasta las orejas” sucede cuando el tocar no basta, cuando el morder no basta, cuando el besar no basta: suerte que ancho es el espíritu. Por eso brindo yo por los hombres y mujeres de hueso y carne y ánimo, valientes e irreductibles, que fuimos a conjugar a quien parecemos por fuera con quien somos adentro. Porque claro que es complicado ser consecuente. Porque claro que es doloroso ser el cuadro.

Salud y rock’n’roll.

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